Maria Vallina


Maria Vallina. Galería Altamira 2008
agosto 13, 2008, 7:28 pm
Filed under: Exposiciones Individuales

maria vallina

MARÍA VALLINA, ROJO SANGRE

La galería Altamira de Gijón acoge por segunda vez una exposición individual de María Vallina, una pintora de la que en todo momento ha sido excelente embajadora, haciendo que su obra viaje hasta Bruselas, La Habana o México D. F., siempre acompañada por artistas de su misma generación. Claro que María, aparentemente tan frágil y algo desvalida, no necesita en realidad de ningún tipo de paternalismo ni de sobreprotección y ella misma se ha buscado la vida convenientemente en Londres o en Milán, por citar sólo dos lugares en los que ha trabajado y de los que habrá luego ocasión de hablar, pero en cualquier caso está bien comenzar remarcando esta relación simbiótica entre la artista y la veterana galería gijonesa, decidida a ser algo más que cuatro paredes en las que se cuelgan los cuadros y empeñada en que sus creadores más jóvenes alcancen un pronto reconocimiento, moviendo los hilos que sean necesarios para ello.

Su anterior exposición en esta misma galería, celebrada en 2004, fue desde luego la que sirvió para que la crítica asturiana se diera por enterada de los inicios prometedores de esta joven pintora, nacida en Langreo y residente en Madrid, donde había obtenido su licenciatura en Bellas Artes por la Universidad Complutense, completada con un curso de verano en la Slade School of Art de Londres. Tras un período de dudas y dilaciones que resolvió interesándose por la catarsis del teatro contemporáneo, en 2003 protagonizó su primera exposición individual en la galería Selón de Madrid para, a continuación, hacer su presentación en Asturias, primero con un cuadro que fue seleccionado en la Bienal Nacional de Pintura La Carbonera y luego con dos exposiciones individuales simultáneas, una en la Sala Borrón de Oviedo y otra la ya citada en Altamira.

En ellas se mostraba como una pintora casi alegre, festiva, con ese rojo vibrante que le caracteriza, mezclado con el amarillo y el naranja resultante, en tonos cálidos muy matizados que, como ya señalé en su momento, no dejaban de tener cierta connotación folclórica y racial, de rojo y gualda, a la que le llevaba su admiración hacia un pintor de la ausencia como José Guerrero y que ella misma resaltaba irónicamente en una ocasional tauromaquia. Aunque esta obra presentaba algunas alusiones figurativas, era básicamente abstracta, realizada mediante estructurantes manchas gestuales, entre las que destacaban las pintadas en un negro muy opaco y que asociaban su obra no sólo con el pintor español anteriormente señalado sino en general con toda la Escuela de Nueva York. Lo que define a un artista suele ser la corriente en la que se posiciona, y María Vallina siempre ha tomado partido por ese expresionismo abstracto que tan bien se compagina con sus flujos y reflujos interiores y con sus inquietudes estéticas, al no rehuir la posibilidad de lo sublime.

En su siguiente exposición en la galería Dasto de Oviedo, en 2007, se introducían algunas novedades formales altamente significativas, como consecuencia de una prolongada estancia en Milán, primero disfrutando de una beca Erasmus y posteriormente de una beca Leonardo en el famoso centro de edición Grafica Uno de Giorgio Upiglio. Entre estas maneras diferentes destacaban el protagonismo casi exclusivo del color rojo y que la pintora ya no abarcaba toda la superficie del cuadro sino que dejaba en blanco grandes porciones del mismo, rápidamente cubiertas por un nervioso grafismo. Las alusiones figurativas habituales en su anterior obra se volvían más directas y alusivas, y junto con las cruces y otros característicos signos abstractos aparecían nidos abandonados y manos cortadas que delataban la cercanía y la convivencia con la transvanguardia lombarda o napolitana.

Pero lo más señalado era la progresiva dramatización de sus pinturas, una cuestión de contenido que ahora alcanza su cenit en esta nueva exposición en la galería Altamira de Gijón. Tras la apariencia abstracta ahora se muestra una distorsión figurativa que la aproxima al expresionismo de la Escuela de Londres, en la que los cuerpos violentados ocupan el centro de una obra intensa y crispada. El rojo ya no es sólo un color sino que se convierte en el símbolo mismo de la violencia, expresión de una realidad bestial en la que conviven la animalidad y la humanidad sin solución de continuidad, como en un coliseo en el que se librara una batalla a vida o muerte en la que siempre sale perdiendo el más débil. Sangre venusina que rápidamente absorbe la arena y de la que muy pronto apenas queda testimonio, por lo que se impone la obligación ética de una denuncia que sirva para romper el silencio de una vez por todas.

Son estas conjeturas a las que conduce la nueva obra de María Vallina, apenas una decena de lienzos de buen tamaño pintados en el último año y un buen número de dibujos sobre papel, desplegados en el hueco de la escalera de la sala, convertido en receptáculo contra el estupro sistemático y la violación periódica. El gesto automático de estos dibujos, que lleva practicando desde hace años, se sale del soporte convencional y se extiende más allá de los papeles, sobre techo y paredes, explorando una posibilidad mural que puede dar buenos réditos. Los cuadros, por su parte, retoman prácticas iniciales como la extensión de la pintura por toda la superficie del lienzo o las manchas gestuales y otras nuevas como la introducción de inéditos colores secundarios y terciarios, junto a un repertorio ampliado de signos que se añade al ya conocido. Con ello se sustancia la primera etapa de madurez de esta pintora de método, que ha interiorizado vivencias, actitudes, sensaciones y el dolor de los demás hasta convertirlo en suyo propio.

Luis Feás Costilla

Vista de una parte de la exposición: óleo sobre lienzo

Instalación de dibujos: lápiz compuesto y acrílico sobre papel

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Comentario por Staci




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